Apatzingán, valle fértil

En el sureste de Michoacán, cercado por serranías, barrancas y cerros, se ubica el municipio de Apatzingán, célebre a la mala por los fenómenos delincuenciales que han marcado su historia reciente, pero famoso también por otras causas, como ser uno de los principales agro- productores de México.


VIVIR EN TIERRA CALIENTE

Es un territorio agreste, con suelo volcánico, clima extremo y fauna peligrosa, con su ciente agua y tierra fértil para producir más de 400 mil toneladas anuales (OEIDRUS) de maíz, ajonjolí, sorgo, incluso agave y, sobre todo: limón, primer lugar nacional en valor de la producción, con más de mil millones de pesos en 2014 por la misma.

Según la estadística, la población de Apatzingán disminuyó un siete por ciento en los últimos cinco años, y ha mostrado un decremento desde el año 2000. Empero, hoy es mayoritariamente joven, trabaja más que el michoacano promedio, y suele casarse en menor número, aunque no renuncia al emparejamiento.

Es también, un poco menos católica (cuatro puntos abajo de la media estatal) y tiene el más alto índice de acceso a Internet de la región; también presenta problemas de rezago, especialmente en educación, vivienda y salud.

EL MISTERIO DE SU NOMBRE

El signi cado del vocablo “Apatzingán” es todavía impreciso, y es que el origen de su población es casi un misterio. En esta zona hay vestigios de arte rupestre, de aldeas agrícolas del siglo VI, y de yácatas prehispánicas (Kelly, 1946), pero dicho patrimonio ha sido poco estudiado.

Ya en la Colonia, quizá por lo agreste del terreno, los encomenderos y cronistas parecieron evitar llegar ahí; algunos describieron la peligrosidad de sus barrancas, o incluso de su ora, con árboles como el “guardalagua de color de jaspe que hincha los testículos de quienes se acogen a su sombra”, como re rió Luis González y González.

Sobre el nombre, hay todavía quien sostiene que es vocablo tarasco, pero la arqueóloga Isabel Kelly escribió que probablemente era nahua y signi caba “lugar de cañitas”.

José Corona Núñez pensaba que Apatzingán signi ca “donde está el dios Apatzi”, una deidad tarasca asociada con la muerte, cuyos sacri cios solían ser cabezas de guerreros caídos en batalla.

El signi cado más aceptado de Apatzingán, es el náhuatl “lugar de comadrejas”. Curioso, ahí no hay comadrejas propiamente, sino “cuiniques”, ardillas que en efecto, suelen pasearse en la plaza durante las tardes cálidas de la cabecera municipal.

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